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B10 propone una reflexión sobre la vivienda colectiva de escala media y su capacidad para construir una relación más amable entre arquitectura, vida cotidiana y ciudad. El proyecto parte de una premisa simple pero central: un edificio residencial debe aportar calidad al entorno urbano del que forma parte.
En este sentido, la arquitectura se entiende como una mediación entre lo doméstico y lo público. Cada decisión proyectual busca mejorar la experiencia de habitar —luz natural, privacidad, expansiones, espacios compartidos— y, al mismo tiempo, construir una presencia urbana capaz de enriquecer la calle.
"La arquitectura es el arte de dar forma a lugares donde la vida pueda suceder."
— Álvaro Siza
La trama de hormigón visto recorre frente y contrafrente, construyendo una identidad clara a partir de la repetición, la profundidad y el espesor. Más que una envolvente superficial, esta estructura ordena la fachada y le otorga al edificio una presencia reconocible dentro del tejido urbano.
El sistema trabaja con la luz y la sombra a lo largo del día. Los planos verticales y horizontales generan variaciones, protecciones y encuadres que modifican la percepción del edificio según el momento y la posición del observador. La fachada, entonces, no se presenta como una imagen fija, sino como una pieza cambiante que acompaña el ritmo urbano.
La envolvente construye una transición entre el interior de las viviendas y la ciudad. La profundidad de la trama permite que balcones y aberturas no queden expuestos como simples planos sobre la calle, sino contenidos dentro de un espesor arquitectónico que aporta privacidad, reparo y escala.
Esta operación permite que el edificio dialogue con la ciudad sin perder la dimensión doméstica del habitar. La fachada funciona como filtro: deja entrar luz, habilita visuales y relación con el exterior, pero también protege la intimidad de cada unidad.
La planta baja incorpora un espacio de co-working abierto y flexible, vinculado visualmente con la calle. Esta decisión amplía el rol del edificio más allá de la vivienda, incorporando un programa asociado a nuevas formas de vida urbana, donde trabajo, encuentro y residencia tienden a superponerse.
El co-working aporta actividad al nivel de acceso y construye una relación más directa entre edificio y ciudad. La planta baja deja de ser un espacio meramente funcional para convertirse en un ámbito de intercambio, apertura y uso cotidiano.
El hormigón visto define el carácter del proyecto. Su presencia aporta solidez, permanencia y precisión, pero también una dimensión sensible vinculada a la textura, la luz y el paso del tiempo.
La materialidad no aparece como revestimiento, sino como parte constitutiva de la expresión arquitectónica. Estructura, fachada y atmósfera se integran en una misma operación, construyendo una imagen contemporánea, austera y duradera.
Cada unidad se organiza buscando optimizar la relación entre interior y exterior. Las expansiones, la luz natural y la profundidad de fachada permiten ampliar la experiencia cotidiana del habitar, incorporando aire, sombra y visuales como parte de la vida doméstica.
B10 no entiende la vivienda colectiva como una repetición indiferenciada de unidades, sino como una oportunidad para producir calidad espacial dentro de la densidad urbana.
Más que resolver un edificio residencial, B10 propone una forma de construir ciudad desde la arquitectura. La trama, la planta baja activa y la materialidad buscan generar una relación de enriquecimiento mutuo entre edificio y entorno.